De cómo escalar El Cotopaxi

Una vista en la mañana dentro del parque nacional.

Llegar hasta la cima de uno de los volcanes más altos del planeta no es tan difícil como suena. El majestuoso Cotopaxi, ubicado a 50 kilómetros al sur de Quito, la capital ecuatoriana, es la segunda cumbre en orden de altura en el país andino. El copo de nieve más alto de la montaña se sienta a 5,897 metros sobre el nivel del mar, y tiene, este copito privilegiado, una de las vistas más espléndidas sobre la Tierra.

Como quiteña, es difícil no enamorarse del Cotopaxi. En las mañanas despejadas se puede ver su forma cónica perfecta en el horizonte, en las tardes de verano se sienta triunfante con su falda blanca esparcida; de todas las cimas que se pueden divisar desde la capital, ninguna invoca el romance del montañismo como el Cotopaxi.

Así, a los turistas que pasan por Quito se les recomienda que como mínimo vayan al parque nacional, pero si uno tiene un buen estado físico, lo mejor es contratar una de las decenas de compañías que guían turistas hasta la punta.

El ascenso al Cotopaxi toma dos días, desde la puerta del hotel en Quito hasta el plato de locro en Machachi, al final de la aventura. La compañía que yo contraté se encargó del transporte, la comida, el alojamiento en el Refugio, y el equipo de montañismo – crampones, botas duras, mitones, y pantalones impermeables. La gran mayoría de compañías turísticas incluyen estos servicios en sus tarifas, y es una gran ventaja el dejar que alguien más se preocupe de los detalles técnicos para uno poder concentrarse en la parte difícil: llegar a la cima.

El Ecuador es uno de los mejores paises del mundo para practicar montañismo. Hay cimas de todos los tamaños, con todo nivel de dificultad, y casi todas a una distancia cómoda de Quito, el cual en sí es un lugar perfecto para aclimatarse, pues está ubicado a 2,800 metros de altura.

Entonces, vamos subiendo de poco en poco. Hay gente que sube hasta cuatro cimas como parte del entrenamiento para subir al Cotopaxi, yo decidí hacer dos ascensos. El primero fue al volcán Guagua Pichincha, convenientemente ubicado a 15 minutos en teleférico desde el este de Quito. La cima más fácil y popular de la montaña es conocida como Rucu Pichincha, la cual alcanza su punto más alto en una rocosa plataforma a 4,794 metros sobre el nivel del mar.

Desde el Pichincha se puede ver toda la capital, esparcida como una culebra colorida entre las montañas. No hay mayor dificultad en subir esta cima, a buen paso se puede hacer la subida y bajada en cinco horas. A buen paso. Yo convencí a una amiga que suba conmigo, y descubrí a medio camino que el botón del entusiasmo se le apaga sobre los 3,500 metros, y a los 4,500m hay que darle una charla de motivación cada 15 pasos.

Sin embargo llegamos las dos hasta la punta, donde un racimo de uvas y la profunda paz que emana la cima de una montaña nos devolvió energía. La bajada, como siempre, es la parte más difícil, pero el Rucu no tiene muchas partes empinadas y el clima estuvo a nuestro favor.

El segundo ascenso fue al Iliniza Norte, que a 5,248 metros de altura, está tan solo unos pasos más abajo del Cotopaxi. O al menos eso pensé sentada en la cima del Iliniza, teniendo al Cotopaxi al frente, pero los 650 metros de diferencia son un mundo en sí; una interminable pradera de hielo que desafía las leyes de gravedad.

Casi tan importante como la resistencia y el estado físico de uno mismo, es el estado físico de quienes lo acompañan. Mi ascenso al Iliniza Norte fue al lado de una amiga quien había subido esa, y muchas otras montañas antes. Aún en el ascenso al Pichincha no puedo quejarme, pues con unos cuantos descansos, subimos sin problema.

Y ya cuando yo empezaba a pensar que el mundo estaba poblado de alpinistas, conocí a la chica que subió conmigo al Cotopaxi. A menos de 4,800 metros, esta chica de Bélgica podría haber convencido a cualquiera de su resistencia, después de todo, me dijo en el carro camino a la montaña, ella había escalado la cima más alta de los Alpes, Mont Blanc.

Pero una vez en el Refugio José Rivas, que alberga a los montañistas del Cotopaxi a la misma altura que la cima del famoso pico europeo, la belga empezó a palidecer. Como si esto fuese poco, el guía que estaría a cargo de llevarnos a las dos hasta la cima demostró casi inmediatamente que sería tan organizado como mi cajón de calcetines huérfanos.

En el primer día de aventura para llegar a la cima del Cotopaxi, los montañistas llegan hasta el refugio – una caminata de apenas 300 metros cuesta arriba desde el parqueadero – y se concentran en aclimatarse, mantenerse calientes, y practicar el uso de crampones si esta es la primera vez que los usan. Si uno no llega a practicar porque su guía es un incompetente, es posible aprender en el camino a la cima, pero no es recomendable.

A 4,800 metros el metabolismo decae, y el frío es una incomodidad constante. Todos los montañistas en el refugio nos dedicamos a tomar chocolate caliente, masticar caramelos, pasar galletitas, compartir pan, y preparar la cena. Para las 7 p.m. todos ya estaban embutidos en los sleeping bags, menos nuestro guía, claro, que estuvo perdiendo el tiempo hasta las 8 p.m., y a la media noche una orquesta de alarmas despertó a los pocos que pudieron pegar el ojo.

El ascenso al Cotopaxi toma entre diez y doce horas. Se tiene que empezar en la madrugada porque durante el día el sol derrite el hielo que une grandes grietas por donde pasa el sendero. La mayoría de montañistas llegan a la cumbre al amanecer y tratan de bajar sin hacer muchas paradas. A nuestro trío disparejo se unió un colombiano que había pensado en hacer el ascenso solo, pero se dio cuenta que su plan era un tanto suicida.

A la cola de todos los grupos, salimos nosotros, una tarea de desubicados. Pero para nuestra suerte, una que me había seguido durante mi entrenamiento, el clima estaba de nuestro lado. La luna salió perfectamente redonda, convertida en un reflector gigante, y la nube más gruesa en millas a la redonda era mi aliento congelado.

Así, subimos los primeros 200 metros sin problema, hasta que la tierra rocosa desapareció bajo una capa de nieve, y nuestro maravilloso guía preguntó si sabíamos ponernos crampones. Cuarenta y cinto minutos después empezamos a subir, los cuatro unidos por una cuerda amarrada a la cintura. La belga, que iba atrás mio, se reusaba a dar más de un paso cada diez segundos.

Uno de los mayores retos en el ascenso al Cotopaxi es sostenerse a la empinada ladera de un volcán nevado con nada menos que los dientes frontales de un crampón en la punta de las botas. Esto, a un paso cada diez segundos, es una tortura.

Cuando el sol empezó a pintar el cielo con violetas y rosados, nosotros estábamos a dos horas de la cima. No podría decir cómo se ve este espectáculo desde el tope de la montaña, pero enganchada a esa curva cónica de nieve, con la luna a un lado y el sol al lado opuesto, nada en el mundo ha sido nunca tan calmado y hermoso.

Llegamos, y digo llegamos con el propósito explícito de hacer notar que no maté a la belga en el camino, a la cima del Cotopaxi. Un consejo a quienes piensen subir: guarden la batería de la cámara en el calzón; congelada, la tontera no sirve de nada.

Advertisements

3 comments

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s