Nacida en Za’atri

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Llegó al mundo como llegan todos los bebés; con el dolor de nacer y la inquietud de estar viva. Su corazón palpitante es como la flor que se abre en una ladera de piedra, sin entender que las flores, delicadas como son, deben nacer en la cuna suave de una pradera.

No se sabe de quién es la culpa de esta tragedia. Si su madre hizo mal en permitir su vida, en querer, a pesar de todo, ver la luz de sus ojitos descubriendo el mundo. Podría culparse al colectivo de gente que las rodea, a la violencia que las trajo aquí, a los años aplastantes de gobiernos malditos, a quienes permitieron esos gobiernos, a quienes no pudieron acabarlos, a los que hoy pelean en nombre de cosas que no son suyas, y de paso, a los que estamos ahí parados, viéndolo todo sin saber qué hacer.

Qué importan las razones, y las culpas. Ya entró aire en sus pulmones, ese aire de desierto empolvado con soledad. Sin patria, sin padre, sin ni siquiera un papel que le dé un nombre, la criatura empieza a vivir y de ahora en adelante el reto está en mantenerse viva.

El mundo le regala cobijas. Le da también pañales, ropita, y una casa de tela para aguantar las noches heladas. Sin ceremonia ni reconocimiento, también se le hereda problemas intangibles, peleas y resentimientos que dejaron de hacer sentido hace ya mucho tiempo, inventos útiles y una montaña de inventos que no le van a servir para nada. Y basura. Este es el mundo, niña, hay praderas suaves y laderas de piedra.

Afuera de tu carpa, la bulla es ensordecedora, pero tú descansa, ya te irás acostumbrando. Cuando crezcas puedes salir a jugar con tierra, como hacen todos los niñitos de este lugar. Aquí hay toda la tierra que quieras, es más, tierra es todo lo que hay. Por las calles empolvadas verás los miles de niños que habitan este lugar. Se dedican a reír y jugar, pues eso es lo que debe hacer un niño, pero también se dedican a llorar, a temer, y a tratar con todo su ser de olvidar lo que ha pasado frente a sus ojos. Estás en una ladera de piedra, y esta es como ninguna: aquí viven los que huyeron de sus pesadillas, tú, como no tienes ninguna todavía, podrás compartir las de otros.

Si llega a pasar, que estás aquí todavía cuando ya jugar con la tierra no te interese más, puedes empezar a planear lo que vas a hacer para ganarte la vida, porque lo que te regala el mundo, pronto verás, no le basta a nadie. Lo más probable es que caigas presa de contratos que no entiendes, y antes de que llegues a entenderlos, seas tú la que vengas a la clínica donde naciste para dar a luz otra flor, otra hija de piedra.

No hay lágrimas que te puedan ayudar. Ni porque llore yo ni porque llores tú podremos inundar esta ladera para que flotes a una pradera, pero lloraremos de todas maneras.

Un promedio de 10 bebés nacen cada día en el campo de refugiados sirios, Za’atri, en Jordania. Ellos se suman a una población de más de 80.000 personas que viven de la caridad que el mundo les extiende a través de la ONU. Más del 40 por ciento de ellos son menores de edad. 

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