Quito Alternativo: un paseo en bicicleta por las barbas de la contra-cultura

encuentranos-en-la-floresta

Todo empieza con el café de Juan Pablo Jervis. Un hombre, una idea, una disciplinada ejecución. Frente a una taza de arte cafeinado como la del barista y gastrónomo Jervis, es difícil acordarse de un tiempo cuando Quito se deleitaba con brebajes de máquinas de Nescafé, aunque fue hace poco tiempo. Es un concepto pequeño, admite el hombre. Un local del tamaño de una tienda, con vista a la calle. Sentados en bancos altos acomodados en la vereda, un chico de pantalones apretados, medias coloridas, y tatuajes que se resbalan de las mangas de su camiseta invita a su pareja, una chica de pelo corto y vestido de flores, a tomar el sol andino y el café de altura. La calle tranquila ayuda al negocio, que hoy tiene ya más de dos años, y califica como uno de los mejores cafés de Quito.

[Tip: pregunta por los postres en los pedestales de cristal, elaborados por la hermana y madre de Jervis. El dote culinario es de familia.]

 

12093523_468357360034197_966978494_n

Pedaleando…

Miguel Molina y Santiago Romero no se iban a conformar con ofrecer una que otra cerveza artesanal. Su idea está sumergida en a la explosión de la industria artesanal cervecera, y hoy, con su segundo local, La Reserva se enorgullece en ser el único bar de Quito con 20 tipos diferentes de cerveza en barril y 50 más en botella, todas artesanales, todas ecuatorianas.

La cerveza artesanal como movimiento social es un concepto prestado al Ecuador. Su origen viene del norte, donde una larga batalla etílica de maltas y lúpulos ha coronado finalmente a las microcervecerías por sobre las grandes marcas comerciales estado-unidenses.

Con la pintura del local todavía fresca, La Reserva ha escogido sus aliados en la batalla que ahora se vive en Quito. Que ni se les ocurra ordenar una Pilsener; aquí todo es artesanal. Es más, la comida es artesanal, la música es artesanal, lo meseros son artesanales, y las sillas también.

[Tip: Pregunta por los dueños y pide que te guíen al epicentro de su filosofía: para cada paladar, existe la cerveza correcta.]

Pedaleando…

Apoyar un movimiento es una cosa, apoyar seis o siete movimientos es algo enteramente distinto. La tienda de Gizella Greene se vale de logos, eslogans, y gráficos que muestran su alianza con todos los movimientos alternativos alimenticios de última moda. Sin gluten, sin pesticidas, sin transgénicos, sin cocinar, etc. Ubicado en Cumbayá, Super Foods cultiva un concepto completamente extranjero que apela a una clientela que ha perdido su norte. No, que se ha perdido en el norte. No, no. Que estuvo en el norte por un tiempo, pero ahora vive en el norte de Cumbayá.

En la puerta del local, hay un adhesivo con el eslogan que hoy en día se ve en algunos restaurantes y tiendas del área: “I ❤ Cumbayork”.

A veces pasa, que una idea crece, se contagia, se empieza a parecer a un movimiento, y antes de que llegue a su potencial, el mundo corporativo entra en escena. I love Cumbayork pertence a una empresa incubadora de marcas. Según uno de sus representantes, Álvaro Viteri, el término Cumbayork fue determinado por “los autóctonos de Cumbayá.” Ellos tan solo detectaron el nombre y registraron la marca, pues este es un valle que, en las palabras de Viteri, marca tendencias.

De momento, I love Cumbayork asesora a más de 100 negocios en el valle de Cumbayá y Tumbaco, el cual tiene la mayor concentración de dinero en el país, incluyendo el sector de Samborondón en Guayaquil, asegura el veterano en marketing.

“Como valle, tenemos una grandísima comunidad de emprendedores,” explica Viteri, y cuenta que muchos de ellos no tienen bases de negocios, y que por tanto el índice de cierre es altísimo. En los últimos cuatro meses, comenta, se han cerrado cerca de 60 negocios en el área. Sin embargo, durante el tiempo que están abiertos, I love Cumbayork ofrece sus servicios de consultoría como también talleres de marketing para guiar a estos empresarios. “Aquí hay un target más joven y más global, dispuesto a probar cosas nuevas, porque los cumbayorkers son gente que viaja, y a fin de cuentas, somos una comunidad arribista,” concluye Viteri.

[Tip: La comunidad de I love Cumbayork en Facebook promueve negocios dando descuentos y anunciando promociones]

Pedaleando por las calles, pedaleando…

Así, pedaleamos hasta el centro de un concepto que hoy se alberga dentro de la contra-cultura quiteña. Jóvenes urbanos creativos, viajados y nutridos de sueños que a veces no encajan dentro de los parámetros tradicionalistas de Quito. Han sido otorgados con el lujoso regalo de una educación completa, y nutridos con la convicción de que no solo les corresponde ir a alcanzar sus sueños, sino que además deberían ser compensados monetariamente en el proceso. Su meta es hacer plata y preservar su autonomía creativa, pues se merecen ganarse la vida sin comprometer su identidad, su estilo de vida, ni el medio ambiente.

Carla Moncayo podría entrar en la categoría de una joven urbana creativa. Tiene, a fin de cuentas, un título universitario en comunicación ambiental, ha vivido en otros países, y se gana la vida a base de su habilidad creativa como productora de proyectos de video. Sin embargo, tanto ella como sus amigas, todas profesionales en ámbitos sociales, viajadas, y emprendedoras, decidieron seguir sus propias ideas.

Bienvenidos al Quito alternativo. Moncayo, junto a otras ocho mujeres, son las creadoras de La Trueca, una plataforma de aprendizaje en el que cualquier persona puede ser un profesor, y cualquier persona puede ser un estudiante. Las clases, que hasta ahora han incluído temas de acro yoga, carpintería básica, defensa personal femenina, introducción al software libre, entre muchos más, se dictan a base de trueque. Es decir, nadie paga dinero por ir a una clase, los profesores no pagan a la organización para enseñar, ni son pagados por ésta. La compensación que cada profesor quiere recibir es publicada en la página web de la organización, y cada alumno decide lo que quiere contribuir. Las peticiones del profesorado van desde algo tan simple y tangente como una libra de azúcar, hasta servicios de voluntariado, y otras peticiones un poco más extravagantes, como hacer fila en el banco, un abrazo, o acompañar a la profesora a tomarse un café y discutir sobre literatura francesa. “Una vez alguien pidió una bicicleta, y un señor vino con una bicicleta que no estaba usando y le dió,” cuenta Moncayo con entusiasmo.

La idea de La Trueca evolucionó de un concepto mucho más simple. Cinco amigas universitarias decidieron hacer un intercambio de ropa con el fin de tener algo nuevo que ponerse sin ir a comprar más cosas. Siendo este método de intercambio un éxito en el grupo, empezaron a pensar en qué más podían intercambiarse, y llegaron así a la idea de hacer intercambios de conocimiento.

Al otro lado del mundo, un grupo de jóvenes estadounidenses habían organizado algo parecido, pero no fue hasta que una de las chicas quiteñas, estando de viaje en Nueva York, se encontró con que había un grupo que hacía algo similar, que La Trueca decidió unirse a Trade School. Hoy en día la organización extranjera es quien mantiene la página web de La Trueca, y ellas, a cambio, les traducen contenido de su página al español.

A medida que ha ido avanzando, la plataforma de trueque de conocimientos ha ido buscando maneras de expandir sus horizontes. Hoy en día se encuentra asociada con CUI (Colectivos Urbanos Itinerantes), un grupo de arquitectos quienes organizan mingas comunitarias para proyectos de mejoramiento urbano.

“Queremos que esto fluya por sí solo,” dice Moncayo, y explica que las nueve organizadoras no eran suficientes cuando ellas estaban a cargo de presentar cada clase, explicar el concepto de La Trueca, arreglar los lugares que tomaban prestados para las clases — en el Pobre Diablo, por ejemplo, limpiaban ventanas a cambio de hacer talleres en el local — y organizar todos los aspectos logísticos de cada taller. Por eso han soltado el control de su organización y han repartido las responsabilidades a los participantes. Así, cada profesor se encarga de promover su taller, organizar un espacio, presentar una introducción de lo que es La Trueca, tomar fotos de sus talleres y subirlos a la página web.

La Trueca promueve una filosofía educacional horizontal; los profesores y los estudiantes están al mismo nivel, y el proceso de aprendizaje es conjunto. Un chico de 13 años dió una clase de teoría de la música nacional, y sus estudiantes fueron personas de todas las edades, con un variado nivel educacional.

La sociedad quiteña, tradicionalista por naturaleza, mogigata por herencia, justa en la repartición de culpa, moralista hasta la médula, elitista y segregada, es también irremediablemente novelera. Ahora que está de moda ser alternativo, vale la pena ver qué viene en el vagón de tendencias, de pronto se va quedando una que otra cosa embodegada junto con las máquinas de Nescafé.

Advertisements

2 comments

  1. Muy interesante tu articulo, en especial tu comentario ‘”La sociedad quiteña, tradicionalista por naturaleza, mogigata por herencia, justa en la repartición de culpa, moralista hasta la médula, elitista y segregada, es también irremediablemente novelera.” la imagen de la maquina de Nescafe se quedo en mi mente.

    saludos desde NJ.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s